Y caminó Enoc con Dios,
después que engendró a Matusalén, trescientos años. Génesis 5:22.
De labios de Adán había aprendido la triste
historia de la caída y la preciosa historia de la gracia magnánima de Dios, en
el don de su Hijo como el Redentor del mundo. Creía y confiaba en la promesa
dada. Enoc era un hombre santo. Servía a Dios con un corazón indiviso. Advertía
la corrupción de la familia humana, y se separó de los descendientes de Caín y
los amonestaba por su gran maldad. Había algunos sobre la tierra que reconocían
a Dios, que lo temían y lo adoraban. Pero el justo Enoc estaba tan afligido por
la maldad creciente de los impíos que no se asociaba diariamente con ellos,
temiendo que la infidelidad de esos hombres pudiese afectarlo y que nunca más
fuese a considerar a Dios con la reverencia santa que merecía su exaltado
carácter. Su alma se afligía al contemplar que pisoteaban diariamente la
autoridad de Dios.
Decidió separarse de ellos y pasar mucho
tiempo en la soledad, dedicándose a la meditación y a la oración. Así esperaba
ante el Señor, buscando un conocimiento más claro de su voluntad, a fin de
cumplirla. Dios comulgaba con Enoc por medio de sus ángeles, y le dio
instrucciones divinas. Le hizo saber que nunca más contendería con los seres
humanos rebeldes; que era su propósito destruir a la raza pecaminosa trayendo
un diluvio sobre la tierra.
El hermoso Jardín del Edén, del cual habían
sido expulsados nuestros primeros padres, permaneció hasta que Dios determinó
destruir la tierra mediante un diluvio. El Señor había plantado ese jardín y le
había otorgado una bendición especial, y en su maravillosa providencia lo
retiró de la tierra; y lo volverá a traer, adornado con una gloria mayor [que
la que tuvo] antes de que fuera quitado. Dios tenía el propósito de preservar
un espécimen de su obra perfecta de la creación, libre de la maldición que el
pecado había desatado sobre la tierra...
Enoc continuó creciendo en su afición por el
cielo al comulgar con Dios.
Su rostro irradiaba una santa luz... El
Señor amaba a Enoc, porque lo seguía constantemente... Anhelaba unirse cada vez
más con Dios, a quien temía, reverenciaba y adoraba. El Señor no permitiría que
Enoc muriera como los otros, por eso envió a sus ángeles para que lo llevasen
al cielo sin ver la muerte. En presencia de los justos y de los impíos, Enoc
fue arrebatado [al cielo] –Signs of the Times, 20 de febrero de 1879.
Tomado de Meditaciones Matutinas para
adultos 2013
"Desde el Corazón"
Por Elena G. de White
"Desde el Corazón"
Por Elena G. de White

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