Palabra de Dios: 1 Pedro 5:4, DHH
Hierón, rey de
Siracusa, designó a un orfebre local para que le fabricara una corona de oro
macizo. Unos días más tarde, cuando la corona terminada llegó al palacio, el
rey no estaba satisfecho. Sospechaba que el orfebre había incluido algún metal
menos precioso, junto con el oro. Pero ¿cómo podía estar seguro?
El rey mandó a
llamar a Arquímedes, un muy conocido matemático de la época.
-Quiero que
encuentres la manera de saber si esta corona está hecha de oro puro -le ordenó
el rey.
Arquímedes se
puso a trabajar inmediatamente. Como esto ocurrió allá, por el siglo III a.C.,
hace más de dos mil años, Arquímedes no tenía todas las herramientas y los
conocimientos que tenemos en la actualidad. Después de pensar en el problema
durante un tiempo, decidió ir a darse un baño. Al meterse en la tina, notó que
el nivel del agua se elevaba y se derramaba. Sin tomarse el tiempo para
terminar de bañarse, salió corriendo, gritando: “¡Lo tengo!” Arquímedes colocó
la corona en un recipiente con agua y luego midió el agua que se desbordó. Hizo
lo mismo usando una pieza de oro del mismo peso que la corona. Si la corona era
de oro puro, debería desbordar la misma cantidad de agua. El rey pronto tuvo su
respuesta, gracias al descubrimiento de Arquímedes.
La Biblia
dice: “Así, cuando aparezca el Pastor principal, ustedes recibirán la corona de
la gloria, una corona que jamás se marchitará”. Esta corona será más valiosa
que la corona de oro del rey Hierón. Pero, lo más importante será ver al Pastor
principal cara a cara. ¡Qué día maravilloso será aquel!
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