No alimentes odios secretos contra tu hermano, sino reprende con
franqueza a tu prójimo para que no sufras las consecuencias de su pecado. Levítico
19:17.
El
odio es un virus difícil de curar. Es también un parásito que sobrevive a costa
de nuestra vida y nuestra felicidad. Sin embargo, aunque ardua, la sanación es
posible.
Michael
Cristofer, en su obra de teatro Black Angel [Ángel negro], cuenta la historia
de un general de la Alemania nazi a quien el tribunal de Nuremberg había
condenado a treinta años de prisión por las atrocidades que cometieran sus
soldados. Se llamaba Hermann Engel. Por cierto, en alemán, Engel quiere decir
ángel. Al terminar su sentencia, Engel fue liberado y se retiró a una pequeña
cabaña en las montañas de Alsacia, Francia, tratando de olvidar su pasado y
vivir en paz. Morríeaux, sin embargo, esperaba su turno.
La
familia de Morrieaux, un periodista francés, había sido masacrada por las
tropas de Engel. Cuando el tribunal de Nuremberg se negó a sentenciarlo a
muerte, Morrieux selló el destino de Engel en su propio corazón. Treinta años
después viajó al pueblo cercano a la cabaña y allí convenció a los fanáticos
para que subieran y quemaran a Engel y a su esposa.
Antes
de caer la noche, sin embargo, Morrieaux subió para entrevistar a su víctima.
Había detalles de la historia que Morrieaux deseaba investigar. Cuando
Morrieaux estuvo frente a Engel, quedó confundido. Vio una figura endeble y
temblorosa. Un anciano torturado por su conciencia que solo quería descansar.
Conforme avanzaba la entrevista, Morrieaux decidió salvar al pobre anciano. Le
reveló lo que pasaría en unas pocas horas y le dijo que estaba dispuesto a
sacarlo de allí y salvar su vida. Engel le contestó lentamente: “Iré con usted
con una condición: que me perdone”. Morrieux trastabilló. Estaba dispuesto a
salvar a ese anciano endeble pero, ¿perdonarlo? ¡Nunca!
Esa
noche los aldeanos subieron y asesinaron a Engel y a su esposa. ¿Por qué
Morrieaux no pudo perdonar? Se había convertido en prisionero de su odio. La
venganza se había convertido en su razón de existir y había devorado su alma.
En cierto modo, Morrieaux se había convertido en su odio. No le pertenecía. Él
pertenecía a su odio.
Dios
nos pide que perdonemos a quienes nos hieren. El perdón, y solo el perdón,
sanará nuestra alma. Pide a Dios que esta mañana te dé el poder de perdonar a
la persona que te haya hecho daño.
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