martes, 10 de diciembre de 2013

CUIDANDO NUESTRO HOGAR

Portada Mujeres
A las ancianas, enséñales que sean reverentes 
en su conducta, y no calumniadoras [...]. 
Deben enseñar lo bueno y aconsejar a las jóvenes 
a amar a sus esposos y a sus hijos, a ser sensatas y puras, cuidadosas del hogar, bondadosas. 
Tito 2:3-5

Es hora de que las mujeres retomemos la dirección de nuestros hogares. Hablo de volver a hacerlo, puesto que muchas en la actualidad han abandonado esa función por considerarla poca cosa. Los hijos han sido entregados a profesores o niñeras, con la expectativa de que sean ellos quienes los eduquen. Las riendas del hogar han sido colocadas en manos de las trabajadoras domésticas, bajo el pretexto de que nosotras “no nos merecemos una vida encerrada entre cuatro paredes”.

Las sagradas funciones de la mujer en el hogar han sufrido un gran deterioro, por lo que estamos pagando un elevado precio. Podemos comprobar cómo se desintegran los matrimonios, y los hijos vagan por el vecindario en busca de afecto, optando por formar parte de algún grupo social, que consideran como su familia.

La declaración del apóstol Pablo adquiere una singular fuerza en esta época: “Deben enseñar [...] y aconsejar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a ser sensatas y puras, cuidadosas del hogar” (Tito 2:3-5). El actual es un momento de peligro para los hogares. Debemos tomar esto muy en cuenta y prestar especial atención a las instrucciones divinas; de lo contrario, sufrirá lo que más amamos: nuestra familia.

Cuidar de nuestro hogar es una elevada responsabilidad que no hemos de tomar a la ligera. No podemos transferir con dejadez esa tarea a otras personas.

Son nuestras manos las que deben cumplir con ese ministerio de amor. No hagamos una interpretación adecuada a nuestra conveniencia del mencionado mandato bíblico.

Los esposos, por su parte, como sacerdotes del hogar deben asumir su liderazgo, al elevar y enaltecer la vida en familia. Por otro lado, las esposas, como compañeras y colaboradoras, se encargarán de contribuir para que todos sus moradores tengan experiencias significativas que les hagan crecer como personas y como cristianos.

Amiga, nuestra meta es el reino de Dios. Allí descansaremos de nuestras inagotables y a veces agobiantes tareas. Mientras tanto, ¡nos toca a nosotras continuar con nuestra incesante tarea! ¡No desmayemos! ¡El Señor es nuestro sustentador y ayudador!

Meditaciones Matutinas para la mujer
“Aliento para cada día”
Por Erna Alvarado

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