Marcharé al frente de ti, y allanaré las montañas; haré pedazos las
puertas de bronce y cortaré los cerrojos de hierro. Te daré los tesoros de las
tinieblas, y las riquezas guardadas en lugares secretos. Isaías 45:2-3
La
conversación que sostuve con ella duró más o menos una hora, y durante todo ese
tiempo el tenor de la charla fue el mismo. Muchas veces la escuché decir: “Soy
una tonta”. “Yo tengo la culpa”. “Todo me sale mal”. Confieso que fue agotador.
Intenté
de muchas maneras refutar las expresiones descalificadoras que profería de ella
misma, pero no lo conseguí. Traté de que se juzgara con menos dureza, pero fue
imposible. Me despedí de aquella dama con la seguridad de que no estaba en
condición de cambiar la manera en que se percibía a sí misma. Me pareció que la
posición de víctima le resultaba cómoda, pues podría culpar a medio mundo de
sus fracasos, sin hacerse responsable de ellos. Aunque era una mujer
físicamente atractiva, intelectualmente preparada y que gozaba de una buena
posición social, tenía una pésima opinión de su persona.
De
la valoración que hagamos de nosotras mismas dependerá la consideración que los
demás nos extiendan. La persona que se considera de poco valor será tratada a
la ligera. Pero quien sea consciente de su valor y de sus capacidades, se
tendrá en alta estima y también lo expresará a otros.
Esa
opinión acerca de uno mismo comienza a formarse durante las primeras etapas de
la vida, y a veces la adquirimos de nuestros padres, hermanos, maestros,
amigos, y más tarde de las personas que poco a poco aparecen en nuestras vidas.
Hay
algunas jóvenes que son apoyadas emocionalmente, son amadas y valoradas, y eso
las ayuda a desarrollar personalidades saludables. Por el contrario, las que
viven en contacto con personas hostiles, tendrán carencias emocionales
que bien podrían marcar sus vidas.
Afortunadamente,
las consecuencias de haber vivido en un medio hostil se pueden revertir al
poner a prueba nuestras capacidades, aceptando retos y sobre todo al entregar
nuestras vidas en manos de Dios. Nadie que haya entregado su vida a la
dirección divina, estará determinado al fracaso. Él nos hizo para lo bueno y lo
superior.
Querida
hermana, ¡aférrate hoy al Señor con la certeza de que Dios pagó por ti un
precio elevadísimo!
Tomado de Meditaciones Matutinas para la
mujer
“Aliento para cada día”
Por Erna Alvarado